jueves, 5 de enero de 2012

50 fotogramas/h

Publicado en el suplemento Bellver de Diario de Mallorca el 5/1/12

ROAD MOVIES URBANAS

Drive, de Nicolas Winding Refn es la primera película del siglo XXI que recupera un género poco frecuentado y que sin embargo ha brindado un puñado de obras maestras el pasado siglo: la road movie urbana.

Los puristas pueden cacarear que las road movies llevan en los genes carretera y manta. Es una verdad a medias. El género bebió del western, de los itinerantes (La diligencia, Centauros del desierto, Rio Bravo), con sus largos y atribulados trayectos por majestuosos espacios. A finales de los 60 y 70 pareció que se iniciaba un relevo natural, sustituyendo caballos o calesas por automóviles, motocicletas o camiones. Sin embargo las influencias, las referencias no se detenían ahí. Un tercer elemento le dió mucha sustancia, la presencia del llanero solitario, el héroe introvertido y escurridizo, con un tinte  de existencialismo europeo o determinismo oriental. No es casualidad que Jean-Pierre Melville titulara Le samuraï su aportación al género.

De los tres elementos citados (carretera, vehículo, protagonista solitario) las road movies urbanas, las buenas, han explotado a fondo las dos últimas, ligándolas, por inevitable roce, con el género urbano por antonomasia, el thriller. Tres títulos magistrales, imprescindibles:

El silencio de un hombre (Jean-Pierre Melville, 1967). La película citada anteriormente presenta un protagonista (Alain Delon) de una introversión casi enfermiza, pero sin pasar la raya, como hicieron Scorsese/Schrader. Un asesino a sueldo que vive en un piso desnudo, con la única compañía de un pajarito enjaulado. Melville le aplicó la disciplina, el autocontrol y el extremado profesionalismo de los samurais nipones. No tiene vehículo propio pero consigue uno con facilidad llegado el momento. De esta película hizo un remake Jim Jarmusch un cuarto de siglo después (Ghost dog, con Forrest Whitaker) que no aportó nada nuevo.

Taxi driver (Martin Scorsese, 1976). El guión de Paul Schrader y la interpretación de Robert de Niro han pasado a la historia. Schrader explicó la génesis de la historia: “En Japón, cuando un hombre se harta del mundo, cierra las ventanas y se pega un tiro. En Estados Unidos abre las ventanas y vacía un cargador contra todos los que pasan por delante”. El taxista desquiciado tiene poco de Sartre y mucho de Camús; el culto a las armas en su país y la hipocresía de los políticos completan el cóctel que acaba por fundirle los plomos.

The driver (Walter Hill, 1976). El filme de Winding Refn es casi un remake de este. Ryan O'Neal es un conductor freelance de atracos, tan habilidoso al volante como celoso -igual que Alain Delon- de su independencia. Un tosco policía (Bruce Dern) intenta echarle el lazo; una lánguida belleza (Isabelle Adjani) le ayuda a esquivarlo. 

Los protagonistas de estas tres películas (cuatro incluyendo la recién estrenada) provocan una mezcla de empatía, (por desamparo), admiración parcial (por su resistencia a la soledad) y aversión (por meterse -medio conscientemente- en un callejón sin salida). Pero mantienen su fuerza porque bastantes (¿muchos?) de nosotros hemos tenido sensaciones parecidas en momentos bajos de nuestras vidas. Ofrecen una idealización de la soledad y la independencia un tanto estética, pero impactante y  aparentemente verídica.

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