miércoles, 10 de abril de 2013

Persona, personaje, icono, ¿leyenda?


Publicado en Diario de Mallorca el 9/4/13

ADIÓS A SARA MONTIEL

La vida y obra de Sara Montiel son un perfecto caso de estudio sobre el éxito en su doble profesión. Vivió como quiso vivir, y no poco mérito tiene, y al mismo tiempo convirtió esa vida, su persona, en un personaje. Extravagancias como la de fumar puros, su verborrea (equiparable a Mae West) o su desatada debilidad/habilidad por armar y desarmar al sexo opuesto, hacen pensar que lo hizo premeditadamente. 

Pero también, y eso está al alcance de muy pocos, espontáneamente. Si no fuera así, si el público hubiera notado la impostura, la habrían bajado del pedestal en un nanosegundo. La resonancia de sus éxitos (mundial los musicales, locales y muy duraderos los de actriz) y su longevidad sobre las tablas y el papel couché acabaron convirtiéndola en un icono. El escalón siguiente, la leyenda (o mito), es una valoración subjetiva. Siendo exigentes es difícil sostener que alcanzara ese último peldaño.

Ser española en la posguerra supuso un freno y una oportunidad, que detectó enseguida. Se trasladó a Mejico avalada por su éxito en España y ahí, en la época dorada de los westerns, inscribió su nombre en películas memorables como Veracruz de Robert Aldrich o Yuma de Samuel Fuller. Echó el lazo al director Anthony Mann sin romper lazos con el cine español. De esa misma época, década, datan sus éxitos El último cuplé o La violetera. Al darse cuenta de que sus éxitos musicales iban a más y los cinematográficos no seguían el mismo ritmo, se decantó por lo primero y supo venderlo, con esa proverbial astucia, como un paradigma de coherencia.

Como actriz es difícil de valorar. En las películas del Oeste, como en casi todo el cine de acción, las mujeres tienen una función consorte. En las mejores (como las citadas de Aldrich o Fuller) son más que un florero y ella estuvo a la altura de los papeles asignados. Sus filmes españoles quedan encasillados, para bien, mal o ni bien ni mal, en el baúl del programa Cine de barrio. Si hubiera trabajado con Bardem, Berlanga, Buñuel o Saura, quizás hubiera cambiado la percepción de sus dotes interpretativas. O no. El no haber trabajado con esos directores, el haberse integrado tanto en la cinematografía oficial del anterior régimen tampoco es motivo de lapidación. Cumplió, sobradamente, con las exigencias de esos papeles. Y añadió su carisma, su vitalidad, la energía que ponía a todo lo que hacía. Por eso sigue, y seguirá siendo, recordada. 



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